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El Bar Velódromo vuelve a lo grande
Este 10 de junio ha reabierto oficialmente sus puertas el popular Bar Velódromo de Barcelona. Un acontecimiento que fue aprovechado para ofrecer una gran fiesta de inauguración a la que acudieron cientos de personas. El nuevo Bar Velódromo se ha renovado con la cocina del prestigioso chef Carles Abellán, propietario del restaurante Comerç 24.
Manteniendo su aspecto y carácter original, la restauración hecha por Cervezas Moritz, respeta no sólo su esencia arquitectónica sino también el encanto de su ambiente y estilo. Por otro lado, la propuesta hostelera recupera un clásico prácticamente desaparecido de la ciudad: la posibilidad de disfrutar, a cualquier hora del día o de la noche, de todo tipo de oferta gastronómica. En concreto, se pretende recuperar la oferta de un Café-Bar-Restaurante en el que ninguno de estos conceptos predomina por encima del otro.
Una oferta que se desgrana con propuestas para todas horas del día y para todos los bolsillos, desde desayunos de tenedor a las 6 de la mañana para aquellos que han alargado la noche o se han despertado temprano, a vermuts familiares los domingos o resopones a la una de la madrugada. Abellan ofrecerá, además, una carta de platos de cocina catalana que arrancará desde primera hora de la mañana hasta última hora de la madrugada. Asimismo, la oferta no estará condicionada por la hora de comer o de cenar, y tomar un café o una copa será posible en todo momento y en cualquiera de los espacios que el local ofrece.
El Bar Velódromo abrió en 1933. Estuvo activo hasta el año 2000, cuando se jubiló el hijo del fundador, siendo un local de copas muy de moda en los años ochenta y noventa. Fue entonces cuando Cervezas Moritz adquirió el establecimiento.
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4 comentarios











Sólo me he acercado un par de veces al bar a tomar algo, por lo que no opinaré de su comida. La decoración es acertada, recuperando la esencia del bar que yo recordaba. El servicio agobiante (prefiero lugares más tranquilos, sin un camarero pegado al cuello). La bebida y las tapas a precios razonables, aunque estas últimas son diminutas. Lo peor, el servicio. Hace años que no me sentía maltratado por un camarero como en mi última visita a El Velódromo. Recomiendo hacerle al menos una visita
YA HE CENADO DOS VECES Y VISTO LOS DOS COMENTARIOS QUISIERA AÑADIR QUE ES UNA PENA VER LAS MESAS VACIAS MIENTRAS HACES COLA POR QUE NO TIENEN CAPACIDAD PARA ATENDERLAS, NI LA CONCINA NI EL PERSONAL. LA COCINA NO ESTA MAL, AUNQUE TE DEN OSTRONES POR OSTRAS... BUENA CERVEZA, FRIA Y BUENOS EMBUTIDOS CON COCA. EN GENERAL ME GUSTA (POR LA NOSTALGIA SUPONGO) PERO TIENEN QUE MEJORAR. LES DAREMOS TIEMPO.
Yo sólo, quería añadir un "gentil" comentarío, después de leer el "agrio" redactado por el tal Jack...... A un local que empieza, hay que darle una oportunidad para que se sitúe en sus nuevas tareas,no os parece? Yo se la doy.....a mí me atendieron "genial", cené estupendamente y por supuesto repetiré.Es un local en el que se respira buena energía, es dificil encontrar sitio así, en los tiempos que vivimos. Chapó "Velodromo"
Es conocido en Barcelona que el antiguo Velódromo ha reabierto sus puertas, de la mano de la cervecera Moritz y con el gobierno en sala y fogones del cocinero Abellán. Por allí nos acercamos el otro día tres personas, con el afán de picar y comer, primero en barra y, después, sentados a la mesa. Ya delante de los grifos, dos detalles vergonzantes anunciaban el desastre: pedimos unas "gildas" a un camarero que tuvo que preguntarle a otro qué eran las "gildas"; al rato, otro presunto camarero, a voz en grito, dijo algo de "estar hasta los cojones", mientras los clientes nos dedicábamos miradas de incredulidad. Tras esos detalles, nos sentaron a una mesa, en donde comimos unas croquetas aceptables, unos calamares que tan sólo sabían a rebozado y cuatro anchoas de medio pelo (buen calibre, poco bouquet y excesivamente saladas). La hora del vino se eternizó, pues, a partir de una carta que denominaría anodina, nos perdimos en discusiones con un esforzado camarero que ya tenía bastante con el caos reinante en la sala (ver al personal correr sin rumbo entre las mesas es una imagen que francamente Albellán, con su experiencia, nos podría ahorrar). En esas estábamos cuando de repente un insoportable olor a disolvente inundó el sector en que nos encontrábamos. Sorprendentemente, fuimos los únicos en quejarnos (la maitre nos dijo que andaba medio mareada con el químico olor), un detalle que dice mucho de la tibieza del barcelonés ante los desastres actuales de la gastronomía. Nos trasladaron al piso superior, donde un ufano Berasategui andaba ya en los cafés (se había sentado al mismo tiempo que nosotros). Y el tiempo pasó. Hasta que, tocadas las cuatro de la tarde (nos habíamos sentado a la mesa a las 14.30 exactamente), nos levantamos sin poder degustar las viandas pedidas, con la mesa vacía, entre perdones de un camarero sudoroso y apenado. No puedo, por tanto, hablar de lo que se come en el nuevo Velódromo; sí del lastimoso servicio, que no ha sido preparado, ni siquiera instruido en las más básicas maneras del buen camarero. Un último apunte, éste más subjetivo: en la sala, algunos viejos clientes del local se mostraban contentos y emocionados con la apertura del bar, ignorantes todavía, creo yo, de que el nuevo Velódromo poco tiene que ver con el viejo, salvo en las apariencias: un "revival" de cartón piedra a la barcelonesa con el engañoso cartel de la nostalgia. Poco tardarán en aparecer los anhelados turistas. Y con ellos la conocida combinación barcelonesa de caro y malo.